Para quienes han decidido seguir a Cristo nuestro Señor y han hecho de su voluntad y de su gloria la meta central de su vida, inevitablemente surgirá la pregunta: «¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?». Esta es una pregunta clave a la que todo cristiano debe buscar respuesta. Lamentablemente, muchas personas ni siquiera se hacen esta pregunta. En cambio, muchas piensan en lo que quieren de la vida y no parten exclusivamente de la voluntad de Dios. Decide hoy hacer de la voluntad de Dios el punto de partida esencial de tu vida.
Conocer la voluntad de Dios claramente no es lo mismo que cumplirla. Pero para cumplir la voluntad de Dios, primero debes conocerla. Sin embargo, antes de emprender la tarea de discernir la voluntad de Dios para tu vida, hay un requisito previo esencial: estar dispuesto a hacer lo que el Señor te pida. Esta disposición fundamental de ponerte por completo a disposición de la voluntad de Dios y entregarte a su cumplimiento debe definir quién eres. Debes decir «Sí» a la voluntad de Dios incluso antes de saber qué es lo que Él te pide. Debes estar preparado y dispuesto a hacer todo cuanto Él te pida. Debes procurar ser completamente indiferente ante lo que Él te pida. Recuerda que, para Ignacio, la «indiferencia» no es lo mismo que la falta de interés. Por el contrario, debe importarte profundamente lo que Dios quiere. Pero ser indiferente simplemente significa que no introduces tus propias preferencias personales en la ecuación. No intentas «influir» en la voluntad de Dios. Más bien, estás desapegado del resultado y estás preparado y dispuesto a hacer cualquier cosa que Él te pida y te mande en este momento, sin vacilar. ¡Esta disposición interior del corazón es algo hermoso!
Con esa disposición como requisito previo fundamental, considera la pregunta que nos ocupa: «¿Cuál es la voluntad divina de Dios para mi vida?». Esta pregunta puede surgir en ciertos momentos de tu vida en los que tomas decisiones importantes, como si debes casarte o ser sacerdote o religioso. O si debes casarte con esta persona. O ingresar en esta orden religiosa, etc. Además, en la vida hay muchas otras decisiones que deben tomarse al servicio de la voluntad de Dios. Si debes aceptar este trabajo, tener otro hijo, mudarte aquí, entablar amistad con esas personas, asistir a este evento, comprar este artículo, etc. La vida está llena de decisiones; por eso, aprender a discernir la voluntad de Dios en las decisiones más trascendentales de la vida también te ayudará en las más pequeñas e incluso en las cotidianas. Es cierto que algunas decisiones cotidianas (quizá la mayoría) no requieren un proceso prolongado de discernimiento. Pero, en última instancia, todas las decisiones deben estar guiadas por el discernimiento. Y si aprendes a practicar el discernimiento de manera habitual, viviendo según estos principios, te será más fácil tomar con rapidez las decisiones cotidianas y será más probable que estén de acuerdo con la voluntad de Dios. Y cuando se te presenten las decisiones más trascendentales de la vida, tu hábito de poner en práctica estos principios será una guía invaluable para elegir y cumplir la voluntad de Dios.
Con esta introducción, consideremos la enseñanza de san Ignacio sobre cómo discernir la voluntad de Dios y hacer lo que él llama «una buena elección». Al hablar de una «buena elección», san Ignacio se refiere especialmente a las grandes decisiones de la vida. Pero los métodos que describe para tomar estas grandes decisiones también pueden aplicarse a otras de menor trascendencia. Explica que, cuando tomas una decisión en la vida respecto a lo que crees que es la voluntad de Dios, tu experiencia interior al afrontar esa decisión puede clasificarse de una de tres maneras. Así, nos ofrece tres «tiempos» distintos en los que es posible llegar a conocer la voluntad de Dios. La experiencia interior del primer tiempo es breve, clara y sencilla. La experiencia interior del segundo tiempo es un poco más prolongada e incorpora algunos de los métodos de discernimiento de espíritus que ya hemos tratado. Sin embargo, cuando no se presenta ninguna de las dos primeras experiencias interiores que te permitan discernir la voluntad de Dios, Ignacio ofrece una tercera forma de discernirla mediante dos métodos prácticos.
Primer tiempo—Claridad que no deja lugar a dudas
Primer tiempo. El primer tiempo es cuando Dios nuestro Señor mueve y atrae de tal manera la voluntad que, sin dudar ni poder dudar, el alma devota sigue lo que se le muestra, como lo hicieron san Pablo y san Mateo al seguir a Cristo nuestro Señor.
Llegar a conocer la voluntad de Dios con una claridad que no deja lugar a dudas se ilustra mejor con dos ejemplos de la Sagrada Escritura. El primero es la oportunidad directa e inmediata de conversión que recibió san Pablo. Recuerda que fue derribado de su caballo y que el Señor le habló directamente, preguntándole por qué perseguía a su Iglesia (Hechos 9). Por esta visión y por una clara certeza interior, Pablo supo que Dios le hablaba. El resultado fue que cambió su vida inmediatamente y se convirtió en un gran evangelizador. El segundo ejemplo se encuentra en Mateo 9:9. Jesús se encuentra con Mateo y le dice: «Sígueme». Y Mateo se levanta, lo deja todo y sigue a Cristo.
Aunque ambos ejemplos implican alguna forma de encuentro literal con nuestro Señor (san Pablo, en una visión, y san Mateo, en persona), ambos experimentaron también un llamado interior fuerte y claro, y cada uno respondió a ese llamado sin vacilar.
En tu propia vida, no te encontrarás con el Señor caminando físicamente y llamándote a hacer esto o aquello, ni es probable que experimentes una visión profunda que te derribe, te deje ciego y transforme tu vida. Sin embargo, puede haber momentos en los que, por una poderosa gracia de Dios, experimentes en tu vida la misma certeza interior de san Pablo y san Mateo.
No hace falta decir mucho sobre una experiencia así. Cuando experimentas una comunicación tan clara y definitiva de nuestro divino Señor, la única respuesta apropiada es decir «Sí» y seguirlo sin reservas. En este caso, conoces la voluntad de Dios sencillamente porque la conoces. Está más allá de toda explicación y de toda duda. Simplemente lo sabes. Con certeza.
Aunque esta experiencia puede ser poco frecuente, sí sucede. A veces, las personas se sienten llenas de una convicción tan firme acerca de la voluntad de Dios que no vacilan en responder. Si esto es algo que experimentas en tu vida, no tengas miedo de confiar en esta convicción clara y cierta que viene de nuestro Señor.
Segundo tiempo—Discernir las consolaciones y las desolaciones
Segundo tiempo. El segundo, cuando se recibe suficiente luz y conocimiento mediante la experiencia de consolaciones y desolaciones, y mediante la experiencia del discernimiento de diversos espíritus.
Si no hay una claridad que excluya toda duda, fruto de alguna comunicación directa de nuestro Señor, entonces puede utilizarse el segundo modo de discernir la voluntad de Dios. Este segundo método de discernimiento de la voluntad de Dios emplea los métodos ya expuestos sobre el discernimiento de espíritus (capítulos cinco y seis). En este caso, la atención se centra en los movimientos interiores de tu alma para discernir las diversas consolaciones y desolaciones que recibes al realizar una u otra acción o seguir una determinada línea de pensamiento. El enfoque principal no es una evaluación y valoración lógica y razonada de la situación; más bien, es un proceso en el que te apoyas en los movimientos espirituales de Dios que percibes en tu alma.
Si, por ejemplo, estás discerniendo la posibilidad de mudarte a otra ciudad con tu familia y cada vez que lo haces percibes claramente diversas consolaciones de Dios, debes prestar atención a estos movimientos y comenzar a seguirlos. Además, si cada vez que piensas en permanecer donde estás experimentas una clara desolación, tal como la explica san Ignacio, esto también es una señal clara de que quedarte no es la voluntad de Dios. Este enfoque requiere tiempo y atención a estas experiencias espirituales. Así pues, utilizas tu razón humana, pero aquello sobre lo que «razonas» son las consolaciones y desolaciones. También será útil apoyarte en el examen diario y en el fruto de esos exámenes a lo largo del tiempo.
Tercer tiempo: Evaluación tranquila y racional
Tercer tiempo. El tercer tiempo es tranquilo, cuando uno considera, primero, para qué nace el hombre —a saber, para alabar a Dios nuestro Señor y salvar su alma— y, deseando esto, elige como medio una vida o estado dentro de los límites de la Iglesia, a fin de que le ayude en el servicio de su Señor y en la salvación de su alma.
Dije tiempo tranquilo, cuando el alma no es agitada por diversos espíritus y usa sus potencias naturales libre y tranquilamente.
Hay tres factores presentes cuando se ha de utilizar este tercer modo de discernir la voluntad de Dios:
- Te encuentras interiormente tranquilo y en paz;
- No tienes una claridad que excluya toda duda, como la descrita anteriormente en el primer tiempo; y
- No tienes una experiencia clara de consolación y desolación, como la descrita anteriormente en el segundo tiempo.
Cuando estos tres factores están presentes, debes apoyarte en un proceso racional de sopesar los «pros y contras» de la decisión. Ignacio ofrece dos métodos de discernimiento para esta tercera situación:
El primer método:
- Comienza este proceso de discernimiento cuando estés tranquilo, interiormente en paz. Una disposición apacible del corazón es esencial para este proceso objetivo de discernimiento.
- Pon ante ti la decisión que debes tomar. Esfuérzate por ser «indiferente» al resultado, dispuesto a elegir la conclusión que incline la balanza, por así decirlo, hacia la mayor gloria de Dios.
- Pide específicamente a Dios que incline tu voluntad hacia aquello que le dé la mayor gloria. Ora para que tu entendimiento lo comprenda y lo elija.
- Considera las ventajas y desventajas de ambas opciones. Compáralas entre sí. Al hacerlo, presta atención no solo al número de razones a favor de cada opción, sino también a la «calidad» de cada razón.
- Después de una cuidadosa consideración, determina a qué conclusión llega tu razón humana. ¿Qué da, razonablemente, la mayor gloria a Dios? Una vez más, este es un ejercicio de la razón humana, no un enfoque centrado en tus afectos y deseos.
- Una vez que hayas tomado una decisión racional de la mejor manera posible, preséntala a Dios en oración para que Él pueda confirmarla en tu oración. También puede ser útil compartir tu razonamiento y tu conclusión con una persona de confianza en el ámbito espiritual o con un director espiritual, si es posible, especialmente cuando la decisión que debes tomar es de mayor importancia.
El segundo método:
- Este método se utiliza cuando el primer modo descrito anteriormente no proporciona la claridad necesaria para tomar una buena decisión respecto a la voluntad de Dios.
- Comienza, una vez más, por hacer del amor a Dios y de su gloria el único objetivo de tu elección. Luego trata de considerar objetivamente la decisión desde tres perspectivas.
- Primera perspectiva: Considera qué le dirías a un desconocido a quien quisieras ayudar a perfeccionar sus propias elecciones para dar mayor gloria a Dios. ¿Qué le recomendarías a esta persona? Después de hacer este ejercicio mental, sigue las mismas indicaciones que le diste para hacer tu propia elección. Este ejercicio de imaginación ayuda a mantener la objetividad y el desprendimiento.
- Segunda perspectiva: Imagínate en tu lecho de muerte. Desde esa perspectiva, ¿qué desearías haber elegido?
- Tercera perspectiva: Considera el día de tu juicio. Al estar ante Dios, ¿qué habrías preferido elegir?
- Como en el primer modo, una vez que hayas tomado una decisión racional de la mejor manera posible, preséntasela a Dios en la oración para que Él pueda confirmarla en tu oración.
Como puedes ver, este tercer enfoque para discernir la voluntad de Dios se apoya en gran medida en el uso del pensamiento racional. Comenzando con el primer modo descrito arriba, haces del amor y la gloria de Dios tu principal objetivo; luego pasas por un proceso de consideración de las dos opciones entre las que estás eligiendo; sopesas, desde diversas perspectivas, cuál parece dar mayor gloria a Dios; haces estas consideraciones de la manera más objetiva posible; y después presentas a Dios en la oración la elección final para que Él confirme en tu oración que es su voluntad. Cuando el primer método no produce la claridad deseada, pasas al segundo método de este proceso de discernimiento, aún más objetivo, siguiendo los mismos pasos y considerando qué consejo le darías a otra persona y qué decisión te dejará más en paz en tu lecho de muerte y en el día del juicio.
Aunque esta situación quizá no ofrezca la misma certeza que cuando Dios habla con fuerza y claridad, y aunque no se apoya en las diversas consolaciones y desolaciones que uno experimenta interiormente a lo largo del tiempo, sí ofrece un enfoque bien razonado y práctico para discernir la voluntad de Dios. Y después de seguir estos métodos, podrás hacer una buena elección con confianza y con una conciencia clara y cierta.
Capítulo doce: Tres métodos adicionales de oración
