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Día treinta y uno: ¿Avaricia o generosidad?

Miércoles de la quinta semana de Cuaresma

La avaricia pone los bienes materiales por encima de los espirituales y comienza con la mentira de que tener más es bueno y tener menos es malo. La verdad es que los bienes materiales no añaden nada a nuestra realización ni a nuestra plena satisfacción humana. Cuando alguien vive en la indigencia y no puede proveer para sí mismo o para su familia, esto le impone una pesada carga. Pero incluso en la indigencia se puede encontrar la verdadera felicidad. La presencia del amor y de todas las demás virtudes es lo único que determina el grado de felicidad en la vida.

La avaricia adopta muchas formas. Un deseo excesivo de dinero o de bienes materiales es la forma más común. La avaricia también puede manifestarse en cualquier acto de egoísmo, como desperdiciar el tiempo y los talentos que deberían emplearse para cumplir la voluntad de Dios.

Para quienes avanzan en la oración, la avaricia espiritual —al igual que los demás pecados espirituales— es un deseo de sentimientos y experiencias agradables, que pone esos sentimientos por encima de Dios, quien a veces concede esas experiencias. Como ocurre con todo pecado espiritual, es esencial que la persona esté en paz y encuentre alegría en la aridez y el sacrificio, aceptando de buena gana la «pobreza» de perder, en ocasiones, esos sentimientos agradables. Esto no es lo mismo que perder la alegría o la paz. La alegría y la paz siempre permanecen en quienes están profundamente unidos a Dios, pero los sentimientos agradables en los sentidos pueden disminuir o perderse por completo.

El remedio contra la avaricia es la generosidad y la pobreza de espíritu. La generosidad es un acto basado en la verdadera sabiduría. Ser generoso significa que has descubierto el verdadero propósito de todos tus bienes materiales y espirituales. En lo material, usas lo que tienes exclusivamente para la gloria de Dios: para sostener a tu familia, a las obras de caridad, a la Iglesia o a los pobres. También significa llevar una vida sencilla, sin darse gustos en exceso. Aunque algunas bendiciones materiales son parte normal de una vida sana, especialmente en una familia, se procura no caer en excesos. La generosidad espiritual consiste en usar tu mente, tus talentos y tu tiempo para la gloria de Dios y para tu propio bien espiritual y el de los demás.

En el Sermón de la Montaña, Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 4:3). Esta bienaventuranza nos llama a depender completamente de Dios en todo. Es un remedio contra la avaricia porque esta nos lleva a creer que debemos ser autosuficientes, lo que conduce a acumular dinero y posesiones como camino hacia una supuesta felicidad. La pobreza de espíritu nos permite desprendernos de esa mentira, reconocer la providencia de Dios y confiar en ella. Los pobres de espíritu actúan responsablemente con lo que tienen, pero van más allá y ven todo lo que poseen —tanto lo material como lo espiritual— como dones de Dios que deben usarse únicamente conforme a su voluntad.

Desde la Cruz, Jesús realizó un acto de la más grande generosidad. No solo entregó su vida por nuestra salvación, sino que también nos dio a todos su posesión más preciada: su propia madre. A su madre le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y a Juan, que simboliza a toda la humanidad, le dijo: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19:26–27). Debemos imitar esta generosidad total.

Medita sobre tu necesidad de vivir el desprendimiento y ser pobre de espíritu, reconociendo tu total dependencia de Dios. Al hacerlo, sé generoso de todo corazón, sabiendo que debes dar todo lo que Dios te ha dado. Así, Él aumentará sobreabundantemente sus dones espirituales en ti.

Señor generosísimo, me lo has dado todo. Me comprometo a usar todo lo que he recibido para tu gloria y el bien de los demás. Que llegue a ser verdaderamente generoso al abrazar mi total dependencia de ti, y que te vea a ti y a tu perfecta voluntad como el mayor tesoro que poseo. Jesús, en ti confío.

Ver también: Día treinta y uno: 40 días al pie de la Cruz

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