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Día veintisiete: ¿Pereza o diligencia?

Viernes de la cuarta semana de Cuaresma

La Cuaresma no sería fructífera sin un examen de conciencia profundo, que realizaremos a lo largo de los próximos siete días para ayudarte a prepararte para el hermoso y purificador sacramento de la Reconciliación. Una de las razones por las que muchos evitan examinar su conciencia es el primer pecado sobre el que reflexionaremos: la pereza.

La pereza es una flojedad que nos lleva a descuidar nuestros deberes para con Dios y los demás. La persona perezosa prefiere la comodidad a la disciplina, el descanso al trabajo y el desinterés a la diligencia. La pereza conduce a la tristeza espiritual, la desesperación, la apatía, la indignación, la ociosidad, la inquietud, el derroche y la curiosidad impía. Cuando la pereza se vuelve habitual, lo primero que uno busca cada día es hacer lo más fácil y lo que le brinda mayor consuelo. Pasar demasiado tiempo en las redes sociales, por ejemplo, puede llevar a una persona a la pereza. El trabajo arduo, la diligencia, la responsabilidad, la preocupación por los demás y el deseo de hacer algo significativo son necesarios para motivar a una persona a romper con este mal hábito.

La diligencia (o el celo) es la virtud opuesta y el remedio para la pereza, pues nos permite asumir la responsabilidad de nuestros deberes cotidianos y cumplirlos según la voluntad de Dios. Volverse adicto al trabajo, el extremo opuesto, no es un remedio para la pereza. La virtud de la diligencia nos permite encontrar el equilibrio adecuado en todas nuestras acciones, haciendo lo que Dios nos llama a hacer con fidelidad y celo, y evitando las obsesiones excesivas con aquello que causa estrés y cargas indebidas.

En lo que respecta a los demás, la caridad nos ayudará a remediar la pereza cuando dejemos de centrar nuestra atención en nuestras propias preferencias y nos enfoquemos en las maneras de mostrar amor y preocupación por quienes nos rodean. La pereza hace que nos miremos a nosotros mismos. La caridad nos permite mirar a los demás y considerar cómo podemos mejorar sus vidas, aun cuando hacerlo exija un gran sacrificio. En ese sacrificio encontramos alegría.

En lo que respecta a Dios, la pereza nos tienta a evitar la oración diaria. Podemos razonar que nuestras oraciones son ineficaces o que servimos a Dios con nuestras acciones, haciendo de nuestro trabajo nuestra oración. Es de gran importancia mantener un compromiso fiel con la oración diaria y reservar un tiempo cada día para no hacer nada más que orar. De hecho, si te sientas a orar o te arrodillas ante nuestro Señor y experimentas de inmediato la tentación de abandonar esa práctica, vencer esa tentación te ayudará a remediar la pereza.

La pereza espiritual se abre paso en nuestra vida cuando no recibimos consuelos en la oración, nos desanimamos y nos damos por vencidos. Al comienzo de nuestra vida de oración, Dios suele darnos aliento espiritual mediante consuelos sensibles que surgen de las meditaciones y las luces espirituales. Pero llegará un momento en que esos consuelos se agoten y sintamos un vacío. Esta experiencia puede causar confusión y llevarnos a abandonar nuestra vida de oración; eso es pereza espiritual. La meta debe ser perseverar en medio de la aridez y evitar el desánimo.

Cuando Jesús agonizaba en la Cruz, exclamó: «¡Tengo sed!». Quizá su sed fuera en parte física, al experimentar la deshidratación. Pero, en un nivel más profundo, Jesús tenía sed de cada alma que necesitaba su amor. Si podemos compartir la sed de Jesús por la salvación de las almas, incluida la nuestra, entonces esta sed espiritual nos impulsará a vencer toda pereza.

Señor mío, sediento, el deseo ardiente de tu alma era derramar tu misericordia sobre todas las personas. La acogida que daban a tu amor saciaba tu Sagrado Corazón y te impulsaba a amar aún más. Te pido que llenes mi alma de tu sed divina, primero por la salvación de mi alma, y también por el bien de aquellos a quienes estoy llamado a servir. Hazme diligente en la oración y fiel a mis deberes en la vida. Jesús, en ti confío.

Ver también: Día veintisiete: 40 días al pie de la Cruz

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