Español de México

Duodécima Semana del Tiempo Ordinario

El amor y el conocimiento perfectos de Dios

Duodécimo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

«¿No se venden dos gorriones por una pequeña moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae al suelo sin que su Padre lo sepa. Hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. Así que no tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones». Mateo 10:29-31

Es reconfortante saber que el Dios todopoderoso del universo conoce cada detalle de nuestra vida y se preocupa profundamente por cada uno de ellos. Nos conoce infinitamente mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos y ama a cada uno de nosotros más profundamente de lo que jamás podríamos amarnos. Estas verdades deberían darnos mucha paz.

¡Imagina la verdad que contiene el pasaje de la Escritura citado arriba! ¡Dios sabe incluso cuántos cabellos tenemos en la cabeza! Esto se afirma para destacar la profundidad y la intimidad con que Dios nos conoce.

Cuando lleguemos a reconocer el conocimiento perfecto que el Padre tiene de nosotros Y su amor perfecto por nosotros, estaremos en condiciones de poner toda nuestra confianza en Él. La confianza en Dios solo es posible cuando comprendemos en Quién estamos confiando. Y cuando comencemos a comprender más plenamente Quién es Dios y cuánto le importa cada detalle de nuestra vida, nos será más fácil confiarle esos detalles y permitirle tomar el control de todo.

Reflexiona hoy sobre estas verdades fundamentales: Dios nos conoce perfectamente y nos ama perfectamente. Detente a contemplar estas verdades y medita en ellas. Al hacerlo, permite que se conviertan en el fundamento de una invitación de Dios a renunciar al control de tu propia vida para dejarla en sus manos. Procura hacer un acto de entrega total a Él y comenzarás a descubrir la libertad que nace de esta entrega.

Padre celestial, te doy gracias por tu conocimiento perfecto de cada detalle de mi vida. También te doy gracias por tu amor perfecto. Ayúdame a confiar en este amor y en tu invitación diaria a entregarlo todo. Te entrego mi vida, amado Señor. Ayúdame a entregarme más plenamente en este día. Jesús, en Ti confío.


Calmar las tormentas de la vida

Duodécimo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Se desató una fuerte tempestad y las olas golpeaban la barca, que ya se estaba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, dormido sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cálmate!». El viento cesó y sobrevino una gran calma. Marcos 4,37-39

Este pasaje es lo que podemos llamar una «acción profética» de Jesús. Su acción de calmar la tormenta es una manera de hablarnos de nuestra propia vida.

Lo primero sobre lo que debemos reflexionar es que Jesús estaba allí, en medio de la tempestad. Estaba en la barca mientras las olas se estrellaban contra ella. Pero lo esencial es que Él estaba allí. Esto nos dice que, cada vez que experimentamos una «tempestad» en nuestra vida, Jesús está allí, en medio de ella. No está lejos; por el contrario, está justo allí.

Pero también notamos que está dormido. Una enseñanza que podemos sacar de esto es que Jesús espera nuestra oración. Espera que acudamos a Él en medio de la tormenta. Ese debe ser nuestro primer pensamiento siempre que nos sintamos abrumados o desafiados por las circunstancias de la vida.

Observa que la «oración» de los Apóstoles se parece a nuestra manera de orar en ocasiones. «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Muy a menudo acudimos a Dios diciendo: «Señor, ¿dónde estás? ¿Por qué no me ayudas?». Pero debemos saber que Dios muchas veces guarda silencio para llamarnos hacia Él, para que acudamos a Él con confianza y seguridad. Jesús acogió su oración y respondió.

Su respuesta fue simplemente manifestar su autoridad sobre la tormenta. La increpó y dijo: «¡Silencio! ¡Cállate!». Con eso, la tormenta ya no pudo continuar y todo quedó en calma.

Debemos saber que Jesús hizo esto para que tuviéramos la confianza de que Él puede hacer frente a cualquier dificultad que afrontemos. No hay tormenta demasiado grande para Él. No hay nada que Él no pueda afrontar.

Reflexiona hoy sobre lo que más te asusta cada día. ¿Qué es lo que hace tambalear tu fe? Acude a Jesús en medio de esa situación y ten la certeza de que Él está allí, dispuesto a traer paz y calma.

Señor de la paz verdadera, te invito a entrar en mi vida y en mi tormenta. Sé que todo lo puedes, por eso te suplico que llenes mi corazón de tu paz y tu calma. Ayúdame a acudir siempre a Ti. Jesús, en Ti confío.


Nuestra pérdida es nuestra ganancia

Duodécimo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

«Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí la salvará». Lucas 9:24

¿Te esfuerzas cada día por perder tu vida? ¿Buscas desprenderte de tu vida de la manera más plena y total posible? Al principio, esto puede llevarte a cuestionar la lógica de semejante pregunta. Pero esta es una de las razones por las que Jesús lo dijo de esta manera. Sus palabras deberían llevarnos a detenernos y a preguntarnos por la sabiduría de este mandato.

Al principio, debido a nuestra tendencia al egoísmo, nuestra respuesta inmediata ante la idea de perder la vida es: «No, no quiero perder mi vida». Jesús sabía que esto era así, y esta es una de las razones que lo llevan a hablar de esta manera. Quiere que escuchemos esas palabras y que su significado nos interpele.

¿Qué significa decir que debes perder tu vida si quieres salvarla? Significa que debes estar preparado y dispuesto a renunciar a todo en la vida por una sola cosa: la voluntad de Dios.

Perder la vida es una manera de confiar más en Dios que en nosotros mismos. Es una forma de vivir que reconoce plenamente que el plan de Dios para nuestra vida es mucho mejor que cualquier cosa que pudiéramos idear por nuestra cuenta. Es una manera de permitir que Dios entre y tome las riendas de cada aspecto de nuestra vida. Cuando comprendamos esto debidamente, y cuando comprendamos que Dios cuidará de nosotros mejor de lo que nosotros mismos podemos hacerlo, no dudaremos en decirle «Sí» en todo.

Reflexiona hoy sobre esta sencilla pregunta: ¿Estoy dispuesto a entregar a Dios cada aspecto de mi vida? Si estás dispuesto a hacerlo, dedica un tiempo a hacerlo en oración. No vaciles ni dudes de su amor perfecto por ti. Solo al renunciar a todo en la vida estarás en condiciones de permitir que Dios te dé mucho más.

Mi glorioso Señor, te confío toda mi vida sin reservas. Ayúdame a ver aquellas áreas de mi vida que aún están llenas de egoísmo. Que confíe en Ti por encima de todas las cosas y me pierda por completo por Ti y por tu santa voluntad. Jesús, en Ti confío.


¿Tiendes a juzgar a los demás?

Lunes de la Duodécima Semana del Tiempo Ordinario

«Dejen de juzgar, para que no sean juzgados. Porque serán juzgados como ustedes juzguen, y con la medida con que midan se les medirá». Mateo 7:1-2

La tendencia a juzgar a los demás puede ser difícil de superar. Una vez que alguien adquiere el hábito de pensar y hablar con dureza y de manera crítica, le resulta muy difícil cambiar. De hecho, cuando alguien comienza a recorrer el camino de la crítica y del juicio hacia los demás, lo más probable es que siga por ese camino y se vuelva cada vez más crítico y más dado a juzgar.

Esta es una de las razones por las que Jesús se refiere a esta tendencia con tanta firmeza. Después del pasaje anterior, Jesús dice: «Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo…». Estas palabras y la firme condena de Jesús a la tendencia a juzgar no se deben tanto a que esté enojado o sea severo con la persona que juzga. Más bien, quiere apartarla del camino que está siguiendo y ayudarla a liberarse de esta pesada carga. Por eso, una pregunta importante para reflexionar es esta: «¿Me está hablando Jesús a mí? ¿Lucho con la tendencia a juzgar a los demás?»

Si la respuesta es «Sí», no temas ni te desanimes. Reconocer esta tendencia y admitirla es muy importante y constituye el primer paso hacia la virtud opuesta a la tendencia a juzgar. Esa virtud es la misericordia. Y la misericordia es una de las virtudes más importantes que podemos tener hoy.

Parece que los tiempos en que vivimos exigen misericordia más que nunca. Quizá una de las razones sea la extrema tendencia, en nuestra cultura mundial, a ser duros y críticos con los demás. Basta con leer un periódico, navegar por las redes sociales o ver los noticieros nocturnos para darse cuenta de que en nuestra cultura mundial crece continuamente la tendencia a analizar y criticar. Este es un verdadero problema.

Lo bueno de la misericordia es que Dios usa nuestra tendencia a juzgar o nuestra misericordia (según cuál se manifieste más) como la medida con la que nos trata. Actuará con gran misericordia y perdón hacia nosotros cuando mostremos esa virtud. Pero también mostrará su justicia y su juicio cuando ese sea el camino que tomemos con los demás. ¡De nosotros depende!

Reflexiona hoy sobre la misericordia y la tendencia a juzgar en tu vida. ¿Cuál de las dos predomina? ¿Cuál es tu principal inclinación? Recuerda que la misericordia siempre es mucho más gratificante y satisfactoria que juzgar a los demás. Produce alegría, paz y libertad. Ten presente la misericordia y comprométete a reconocer los benditos frutos de este precioso don.

Señor misericordioso, te pido que llenes mi corazón de misericordia. Ayúdame a dejar de lado todo pensamiento de crítica y toda palabra dura, y a sustituirlos por tu amor. Jesús, en ti confío.


Trata a los demás…

Martes de la duodécima semana del Tiempo Ordinario

«Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Esta es la Ley y los Profetas». Mateo 7,12

Esta conocida frase es un mandato de Dios establecido en el Antiguo Testamento. Es una buena regla para orientar nuestra vida.

¿Qué quisieras que los demás «hicieran por ti»? Piénsalo y trata de ser sincero. Si somos sinceros, debemos admitir que queremos que los demás hagan mucho por nosotros. Queremos que nos respeten, que nos traten con dignidad, que nos traten con justicia, etc. Pero, en un nivel aún más profundo, queremos que nos amen, nos comprendan, nos conozcan y nos cuiden.

En lo más profundo de nuestro ser, todos deberíamos tratar de reconocer el anhelo natural que Dios nos dio de compartir una relación de amor con los demás y de ser amados por Él. Este deseo toca el corazón de lo que significa ser humano. Como seres humanos, estamos hechos para ese amor. El pasaje de la Escritura citado arriba revela que debemos estar preparados y dispuestos a ofrecer a los demás aquello que deseamos recibir. Si podemos reconocer en nosotros los deseos naturales de amor, también debemos esforzarnos por cultivar el deseo de amar. Debemos cultivar el deseo de amar en la misma medida en que buscamos ese amor para nosotros mismos.

Esto es más difícil de lo que parece. Nuestra tendencia egoísta es exigir y esperar amor y misericordia de los demás, mientras nos exigimos mucho menos en cuanto a lo que ofrecemos. La clave está en centrar primero nuestra atención en nuestro deber. Debemos esforzarnos por ver qué estamos llamados a hacer y cómo estamos llamados a amar. Al considerar esto como nuestro primer deber y esforzarnos por vivirlo, descubriremos que encontramos mucha más satisfacción en dar que en buscar recibir. Descubriremos que «tratar a los demás» como queremos que nos traten, independientemente de cómo «nos traten», es lo que realmente nos da plenitud.

Reflexiona hoy sobre el deseo natural que hay en tu corazón de recibir el amor y el respeto de los demás. Luego, haz de esto el criterio que guíe tu manera de tratar a quienes te rodean.

Señor de los deseos perfectos, ayúdame a hacer por los demás lo que deseo que hagan por mí. Ayúdame a tomar el deseo de amor que hay en mi corazón como motivación para amar a los demás. Al entregarme, ayúdame a encontrar plenitud y satisfacción en ese don. Jesús, en ti confío.


Dar buenos frutos

Miércoles de la duodécima semana del Tiempo Ordinario

«Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?». Mateo 7,15-16

La respuesta obvia a esta pregunta de Jesús es: «No, no se recogen uvas de los espinos». En otras palabras, una persona malvada no puede dar buenos frutos.

Esta afirmación de nuestro Señor puede orientarnos mucho en el ámbito del discernimiento. Ante todo, es importante tener presente el hecho muy sencillo de que los «falsos profetas» sí existen. Esto puede referirse a cualquiera que engañe activamente a otra persona bajo la apariencia de hacer el bien. Algunos pueden hacerlo sin darse cuenta, pero normalmente quien actúa como un lobo con piel de oveja lo hace con la intención de obtener algún beneficio egoísta. Ese beneficio egoísta que los motiva puede ser de muchos tipos, pero por lo general el principio básico es el egoísmo.

Como ejemplo del ámbito secular, pensemos en un vendedor de autos usados que engaña a un posible comprador diciéndole que cierto auto es una maravilla, cuando en realidad sabe que tiene graves problemas mecánicos. Su objetivo es vender el auto para obtener una ganancia egoísta, sin importarle mucho el daño que le causa al comprador desprevenido.

De manera similar, muchos de nosotros podemos sentir la tentación de «endulzarle el oído» a la gente o de decir lo que creemos que los demás quieren escuchar para lograr que hagan lo que nosotros queremos. Esto es engañoso e induce al error.

Cuando se trata del discernimiento, la clave que Jesús nos da es observar el fruto de lo que alguien dice o hace. Inevitablemente, cuando algo viene del Corazón de nuestro Señor y está de acuerdo con su voluntad, el fruto será bueno. Pero cuando es engañoso o induce al error, encubierto bajo una «bondad» superficial, el resultado final, el fruto que produce, no será, en el mejor de los casos, más que uvas agrias.

Reflexiona hoy sobre cualquier asunto de tu vida en el que estés tratando de tomar una decisión o de discernir. Si de verdad quieres conocer la voluntad del Señor en tus decisiones cotidianas, procura mirar más allá de la elección inmediata y considerar los efectos que tendrá más adelante. Si sinceramente ves que de ciertas elecciones resulta el bien, ten presente que esto es una buena señal de que lo elegido es bueno y viene del Señor. Si ves efectos negativos de ciertas decisiones, que producen malos frutos, entonces es una buena señal de que la decisión que estás considerando no viene de Dios. Elige el buen fruto y estarás eligiendo la voluntad de Dios.

Señor de la verdadera fecundidad, dame la gracia de discernir tu santa voluntad en mi vida. Ayúdame, especialmente, a ver los buenos frutos que surgen de seguirte siempre. Mientras tú das buenos frutos en mi vida, amado Señor, ayúdame a continuar por ese camino santo hacia una abundancia de todo don bueno. Jesús, en ti confío.


Fortaleza

Jueves de la duodécima semana del Tiempo Ordinario

«Todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica será como un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron las inundaciones y soplaron los vientos y golpearon aquella casa. Pero no se derrumbó, porque estaba firmemente cimentada sobre roca». Mateo 7:24-25

A este pasaje le sigue el contraste con alguien que construyó su casa sobre arena. Llegaron el viento y las lluvias, y la casa se derrumbó. Es un contraste claro que lleva a cualquiera a concluir que es mucho mejor tener la casa construida sobre roca firme.

La casa es tu vida. Y la pregunta que plantea es, sencillamente: ¿qué tan firme soy? ¿Qué tan firme soy para afrontar las tormentas, las dificultades y las cruces que inevitablemente se presentarán en mi camino?

Cuando la vida es fácil y todo marcha bien, no necesariamente necesitamos una gran fortaleza interior. Cuando el dinero abunda, tenemos muchos amigos, gozamos de salud y todos en la familia se llevan bien, la vida puede ser buena. Y, en ese caso, la vida puede incluso ser fácil. Pero son pocos los que pueden pasar por la vida sin enfrentar alguna tormenta. Cuando eso sucede, nuestra fortaleza interior se pone a prueba y necesitamos la firmeza de nuestras convicciones más profundas.

En este relato de Jesús, la lluvia, las inundaciones y el viento que golpearon la casa son, en realidad, algo bueno. ¿Por qué? Porque permiten que los cimientos de la casa manifiesten su estabilidad. Así sucede también con nosotros. El fundamento de nuestra vida debe ser nuestra fidelidad a la Palabra de Dios. ¿Crees en la Palabra de Dios? ¿La has meditado, estudiado, interiorizado y has permitido que se convierta en el fundamento de tu vida? Jesús deja claro que solo tendremos un fundamento sólido cuando escuchemos sus palabras y las pongamos en práctica.

Reflexiona hoy sobre la profundidad con la que crees todo lo que Jesús dice. ¿Confías en cada palabra que ha pronunciado? ¿Crees en Él lo suficiente como para apoyarte en sus promesas, incluso en medio de los mayores desafíos de la vida? Si no estás seguro, hoy es un buen día para renovar tu compromiso con la lectura orante de su Palabra. Todo lo que Él dice en la Escritura es verdad, y esas verdades son lo que necesitamos para establecer un fundamento firme para el resto de nuestra vida.

Señor mío y Roca que me sostiene, ayúdame a escuchar tus palabras y a ponerlas en práctica. Ayúdame a creer en tus promesas y a confiar en ti, incluso cuando las tormentas de la vida parezcan feroces. Jesús, en ti confío.


Nuestra motivación para amar

Viernes de la duodécima semana del Tiempo Ordinario

Al instante quedó limpio de la lepra. Entonces Jesús le dijo: «Mira, no se lo digas a nadie, sino ve a presentarte al sacerdote y ofrece el don que prescribió Moisés; eso les servirá de prueba». Mateo 8:3b-4

Ocurre un milagro asombroso y Jesús simplemente le dice al hombre sanado que no se lo diga a nadie. ¿Por qué dice esto Jesús?

Primero, debemos comenzar por reflexionar sobre lo que hizo Jesús. Al limpiar a este leproso, le devolvió su vida entera. Vivía como un marginado, separado de la comunidad; en cierto sentido, la lepra le había quitado todo. Pero tenía fe en Jesús y se puso bajo el cuidado y la misericordia de Dios. El resultado fue que quedó completamente sano y recuperó plenamente la salud.

Jesús a menudo les decía a quienes sanaba que no se lo dijeran a nadie. Una de las razones era que Sus actos de amor y misericordia no se realizaban para Su propio beneficio, sino por amor. Jesús amaba a este leproso y quería ofrecerle el precioso don de la sanación. Lo hizo por compasión y, a cambio, solo quería la gratitud de aquel hombre. No necesitaba convertir aquello en un espectáculo público; solo quería que el hombre fuera agradecido.

Lo mismo sucede con nosotros. Necesitamos saber que Dios nos ama tanto que quiere aligerar nuestras pesadas cargas y sanar nuestras debilidades simplemente porque nos ama. No lo hace principalmente porque le reporte algún beneficio, sino por amor a nosotros.

Una lección que podemos aprender de esto tiene que ver con nuestros propios actos de amor y misericordia hacia los demás. Cuando hacemos un esfuerzo especial por mostrar amor y compasión, ¿nos parece bien que nadie se entere? Con demasiada frecuencia queremos que nos vean y nos elogien. Pero la naturaleza de un acto de amor y compasión es tal que debe hacerse simplemente por amor. De hecho, hacer algo amoroso y compasivo que nadie nota nos ayuda a crecer en el amor y la compasión. Purifica nuestras intenciones y nos permite amar por amor.

Reflexiona hoy sobre lo que motiva tus actos de bondad. Pide en oración que tú también puedas desear actuar sin que nadie lo sepa, a imitación de nuestro divino Señor.

Mi humilde Señor, que crezca en el amor a los demás y exprese ese amor de manera pura. Que nunca me motive el deseo de elogios vanos. Jesús, en ti confío.


Señor, no soy digno

Sábado de la duodécima semana del Tiempo Ordinario

«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que digas una palabra y mi siervo quedará sano». Mateo 8:8

Esta conocida frase se repite cada vez que nos preparamos para recibir la sagrada Comunión. Es una declaración de gran humildad y confianza del centurión romano que le pidió a Jesús que sanara a su siervo a distancia.

Jesús queda impresionado por la fe de este hombre y declara: «En nadie de Israel he encontrado tanta fe». La fe de este hombre merece que meditemos en ella como modelo para nuestra propia fe.

Primero, veamos su humildad. El centurión reconoce que «no es digno» de que Jesús vaya a su casa. Esto es cierto. Ninguno de nosotros es digno de una gracia tan grande. La casa a la que esto se refiere espiritualmente es nuestra alma. No somos dignos de que Jesús venga a nuestra alma para hacer allí Su morada. Al principio, esto puede ser difícil de aceptar. ¿De verdad no somos dignos de esto? Pues no, no lo somos. Esa es sencillamente la realidad.

Es importante saber que esto es así para que, al reconocerlo con humildad, también podamos reconocer que Jesús elige venir a nosotros de todos modos. Reconocer nuestra indignidad no debería hacer otra cosa que llenarnos de profunda gratitud por el hecho de que Jesús viene a nosotros en este humilde estado. Este hombre fue justificado en el sentido de que Dios derramó Su gracia sobre él por su humildad.

También tenía una gran confianza en Jesús. Y el hecho de que el centurión supiera que no era digno de semejante gracia hace que su confianza sea aún más sagrada. Es sagrada porque sabía que no era digno, pero también sabía que Jesús lo amaba de todos modos y deseaba ir a él y sanar a su siervo.

Esto nos muestra que nuestra confianza en Jesús no debe basarse en si tenemos o no derecho a su presencia en nuestra vida; más bien, nos muestra que nuestra confianza se basa en el conocimiento de su infinita misericordia y compasión. Cuando veamos esa misericordia y compasión, estaremos en condiciones de buscarlas. De nuevo, no lo hacemos porque tengamos derecho a ellas; más bien, lo hacemos porque eso es lo que Jesús quiere. Él quiere que busquemos su misericordia a pesar de nuestra indignidad.

Reflexiona hoy sobre tu propia humildad y confianza. ¿Puedes rezar esta oración con la misma fe que el centurión? Que él sea un modelo para ti, especialmente cada vez que te prepares para recibir a Jesús «bajo tu techo» en la Sagrada Comunión.

Mi dignísimo Señor, no soy digno de Ti.  En especial, no soy digno de recibirte en la Santa Comunión.  Ayúdame a reconocer humildemente esta realidad y, en esa humildad, ayúdame también a reconocer que, aun así, deseas venir a mí.  Jesús, en Ti confío.

Decimotercera semana del Tiempo Ordinario

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