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Capítulo siete: El examen general diario

El examen general es una manera sencilla, pero profundamente importante, de incorporar a tu rutina diaria las diversas enseñanzas y prácticas de san Ignacio. Si tuvieras que elegir una sola cosa de este libro como la más importante para tu camino espiritual diario, podría ser esta. El examen diario te ayudará a establecer un hábito de oración, y un hábito de oración es bueno. Encontrarás una guía práctica para el examen diario en la tercera parte de este libro, titulada «Examen general diario por la noche». El objetivo de este capítulo es enseñarte a utilizar correctamente ese examen diario.

Comencemos con algunas analogías para ilustrar la importancia de este examen diario. Por ejemplo, supongamos que te ganas la vida como pescador comercial. ¿Cómo logras mejores resultados cada día que sales a pescar? Primero, consultas el pronóstico del tiempo, estudias el informe de pesca del día anterior, revisas la temperatura del agua, tienes en cuenta la época del año, etc. Luego, mientras pescas, debes consultar constantemente el radar y estar atento a la radio para enterarte de dónde hay actividad pesquera en otras zonas cercanas. En otras palabras, la mejor manera de llegar a ser un pescador bueno y exitoso es hacer mucho más que pescar. También debes prepararte, escuchar, evaluar, estudiar, medir, etc., para poder elaborar cada día el mejor plan y capturar la mayor cantidad posible de peces. Así pues, ser un buen pescador comercial requiere mucho más que echar un anzuelo al agua y esperar.

O imagina que eres gimnasta y compites a un nivel muy alto, por ejemplo, preparándote para los Juegos Olímpicos. Sin duda tendrías muchos talentos naturales que te habrían llevado hasta ese punto. Pero si te apoyas únicamente en tus talentos naturales, nunca llegarás muy lejos en los Juegos Olímpicos. En cambio, practicas, practicas y practicas. Grabas tus movimientos en video y luego los estudias cuidadosamente, una y otra vez, en cámara lenta, etc. Evalúas y haces ajustes en tu manera de aterrizar, saltar, girar, etc. Observas los detalles más pequeños de tus movimientos y tratas de ajustarlos hasta alcanzar la perfección. Un gimnasta que busca llegar lejos en los Juegos Olímpicos nunca se limitaría a ver el video y decir: «¡A mí me parece que está bien! Nadie va a notar mis pequeños errores». No, trabajará una y otra vez para perfeccionar cada gesto y cada movimiento.

Así debe ser también en la vida espiritual. Nunca debes limitarte a decir: «Bueno, todo está bien». Esto lleva a una vida de tibieza espiritual: una fe, una esperanza y una caridad tibias. El resultado es una relación tibia con Dios. Y una relación tibia con Dios es una puerta abierta al maligno, por la cual se le invita a desviarte de las numerosas maneras que ya hemos explicado.

El examen diario es una manera de “ver el video” o de “consultar el informe de pesca” de tu vida espiritual. Es una manera de reunir todos los datos disponibles para el crecimiento espiritual en TU vida, utilizando los medios y métodos que san Ignacio descubrió y enseñó.

El amor a Dios y el crecimiento espiritual están en los detalles. Los detalles son esenciales si quieres crecer en perfección y en una profunda unión con Dios. Los detalles son esenciales si quieres perfeccionar tus virtudes y, especialmente, tu amor a Dios y al prójimo. Por eso, el examen diario ignaciano es una excelente manera de prestar atención a los detalles necesarios para crecer en santidad.

El «examen general diario» es un método de oración de cinco puntos que examina la acción de Dios en tu vida diaria. También es una manera de descubrir en qué has fallado cada día y cómo has permitido que el maligno influya en ti. Busca examinar tus pensamientos, palabras y acciones utilizando, especialmente, las enseñanzas ignacianas sobre el discernimiento de espíritus.

El examen diario puede hacerse a cualquier hora del día, pero las oraciones de la tercera parte recomiendan hacerlo por la noche. El objetivo es sencillo: repasar tu día cuidadosamente y luego terminar con propósitos para el día siguiente. San Ignacio ofrece cinco pasos breves para su «Modo de hacer el examen general»:

Primer punto. El primer punto es dar gracias a Dios nuestro Señor por los beneficios recibidos.

Segundo punto. El segundo, pedir gracia para conocer nuestros pecados y rechazarlos.

Tercer punto. El tercero, pedir cuenta a nuestra alma desde la hora en que nos levantamos hasta el presente examen, hora por hora o período por período: primero de los pensamientos, luego de las palabras y después de las obras, en el mismo orden que se mencionó en el examen particular.

Cuarto punto. El cuarto, pedir perdón a Dios nuestro Señor por las faltas.

Quinto punto. El quinto, proponerse la enmienda con su gracia.

A continuación se ofrece un resumen práctico y una recomendación sobre cómo aplicar los cinco puntos anteriores:

Gratitud: Comienza por recordar las bendiciones que Dios te ha concedido a lo largo del día. Es esencial que te fijes ante todo en cómo obra Dios en tu vida. Para empezar, las bendiciones que recibes se convertirán, por así decirlo, en una «hoja de ruta» esencial para buscar y seguir la voluntad de Dios en tu vida diaria. Al reconocer las bendiciones que has recibido, podrás acogerlas más fácilmente para que florezcan y crezcan.

Por eso, al comenzar tu examen diario, repasa tu día en silencio y procura reconocer las muchas bendiciones que has recibido. En este paso no es necesario pensar en ellas con gran detalle; más bien, procura hacer una breve lista mental para establecer el contexto del resto del examen. La bendición de la salud, de un encuentro bendecido con alguien, de un buen momento de oración, de una palabra amable, de una idea o un pensamiento alentador, de una relación llena de amor, de la conclusión de un proyecto, etc. Si tienes los ojos espirituales para ver con claridad, enseguida reconocerás muchas bendiciones de Dios que, en su mayoría, se dan por sentadas. Una vez más, el objetivo de este paso es simplemente establecer una especie de «contexto» para el resto del examen. Este contexto abarca una gratitud general a Dios por las maneras en que obra en tu vida.

Petición: Haz una oración de «petición» a Dios, sencilla y personal. La petición debe tener dos objetivos. Primero, pide al Señor que te conceda entendimiento. En concreto, pide al Señor que te ayude a conocer y comprender todo lo que Él quiera comunicarte este día. Esta es una petición abierta. Dios sabe lo que quiere comunicarte, de modo que, si acudes a Él con humildad y le pides esta gracia, estarás abriendo tu corazón y tu mente a todo lo que Él quiera decirte. San Ignacio menciona específicamente que debes orar para conocer tus pecados. ¿Qué pecado quiere Dios revelarte? ¿Qué obstáculo hay en tu relación con Él? Ora para que Dios te lo muestre. 

En segundo lugar, pide valor para actuar conforme a lo que has comprendido. De poco sirve que solo recibas entendimiento de la voluntad del Señor, pero importa mucho que después actúes conforme a ese entendimiento. El conocimiento de la voluntad de Dios siempre se concede con el propósito de que te liberes de todo lo que obstaculiza tu relación con Dios y con los demás. Además, hacerlo en el contexto de las muchas bendiciones que has recibido te ayudará a elegir esas buenas bendiciones en lugar de tus pecados y a recibirlas con una abundancia aún mayor.

Tu oración de petición podría ser tan sencilla como esta: «Señor, sé que tienes mucho que decirme este día. Por favor, abre mi mente y mi corazón a todo lo que quieras decirme. Ayúdame a ver todo lo que me impide amarte a ti y a los demás, y ayúdame a ver las maneras en que obras en mi vida. A medida que lo vea, ayúdame a escuchar y a responder a este don de tu gracia».

¡Eso es todo! Muy sencillo. Pero hacer un simple acto de petición obrará maravillas al pasar a los siguientes pasos del examen de conciencia diario.

Repaso del día: Este puede ser el paso más largo del examen diario. Consiste en repasar tus pensamientos, palabras y acciones del día. Al examinarlos, presta especial atención a las diversas experiencias interiores de consolación y desolación que viviste en ellos. En cuanto a tus pensamientos, ¿qué línea de pensamiento te llevó a consolaciones de alegría, paz, renovación, satisfacción, etc.? Acoge conscientemente estos pensamientos. Asimismo, ¿qué pensamientos te llevaron a la desolación; es decir, qué pensamientos te dejaron agitado, enojado, inquieto, perturbado, confundido, inseguro, etc.? Rechaza conscientemente estos pensamientos.

Haz el mismo examen con respecto a tus palabras y acciones a lo largo del día. ¿Dónde actuaba Dios en ellas (consolación) y dónde actuaba el maligno (desolación)? Con el tiempo, te será más fácil discernir la acción de Dios en tu vida y también reconocer las tentaciones y los engaños del maligno. Mirar tu día de manera objetiva y buscar estas diversas mociones en tu alma te permitirá afinar continuamente tu vida espiritual, eligiendo lo que viene de Dios y rechazando lo que viene del maligno. Y cuando seas consciente de tus pecados, no te limites a reconocerlos como tales; procura también comprender qué te llevó a tomar esa decisión pecaminosa.

Perdón: Haz otra petición a Dios, pero esta vez pide perdón. En el segundo paso le pediste a Dios conocer y comprender todo lo que Él quiere comunicarte. En el tercer paso repasaste tu día y prestaste atención a las maneras en que te dejaste mover tanto por Dios como por el pecado. En este cuarto paso, pídele humildemente a Dios que perdone tus faltas.

No tomes este paso a la ligera. Hay un gran poder en reconocer con humildad tus pecados concretos del día y pedirle a Dios que te perdone por esos pecados específicos. Hay un gran poder espiritual en pronunciar las palabras: «Esta acción fue un pecado; por favor, perdóname, Señor». Además, hacer el firme propósito de vencer estos pecados también tiene un gran poder.

Renovación: Una de las gracias que nacen de los cuatro pasos anteriores es la disposición para hacer propósitos específicos y concretos para mañana. Este paso está en el corazón de los ejercicios ignacianos. Sí, es importante comprender tu pecado, pedir perdón y recibir su misericordia. Pero es igualmente importante decidirte después a crecer y cambiar. Y es importante hacerlo con metas espirituales y morales específicas en mente. Por eso, una vez que hayas completado los cuatro pasos anteriores, deberías estar en condiciones de tomar decisiones concretas sobre cómo has de cambiar, crecer, enmendarte, etc. Hazlo en este paso de la manera más práctica y sencilla que puedas. No te excedas; sé razonable, reflexiona bien, pero actúa y da pasos concretos. Si haces esto cada día, poco a poco seguirás avanzando por el glorioso camino que nuestro Señor tiene pensado para ti.

Por último, en este paso también es importante reconocer las muchas maneras en que Dios ha actuado en tu vida. Recuerda las numerosas bendiciones y comprométete también a seguir con mayor fervor el camino de la virtud al que esas bendiciones te llaman. La renovación no consiste solamente en decidir vencer el pecado, sino también en proponerte seguir recorriendo el camino de la virtud y de la gracia que te ha colmado de innumerables bendiciones.

Para comprender de manera más práctica cómo usar estos cinco puntos en tu examen diario, quizá quieras ir ahora al final de la tercera parte y leer las oraciones recomendadas para el «Examen general diario por la noche».

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